Por Angélica Marchesini

El ataque de pánico se ha instalado en nuestra sociedad. Escuchar que alguien cercano sufre ataques de pánico o crisis agudas de angustia ya nos suena familiar. Bien lo advertimos en los consultorios. El aumento de consultas vinculadas a los antes llamados trastornos de ansiedad nos lleva a intervenir frente a este fenómeno. Según estudios confiables, el pánico afecta a una de cada treinta personas; es una cifra preocupante.

En los manuales de psiquiatría el panic attack se inscribe en la dimensión descripta por el creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, en relación a los ataques en las neurosis de angustia. En 1894 Freud había descubierto que los síntomas de referencia pertenecían todos a la expresión de la angustia.

Lo había precedido el neuropsiquiatra alemán Ewald Hecker (1843-1909), el primero en diferenciar entre los llamados ataques y los estados larvados de angustia. No es lo mismo un estado de angustia que una crisis que provoca una discontinuidad: el orden del mundo que regía hasta ese momento se desploma.

Panic attack es una denominación incluida por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría en el DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales). Fue desarrollada por el psiquiatra estadounidense Donald F. Klein (New York State Psychiatric Institute). En 1959, cuando trabajaba en el Hillside Hospital, se encontraba repetidamente con un grupo de pacientes extremadamente ansiosos.

El médico los examinaba y no encontraba ninguna anormalidad física. Klein publicó en 1962 sus resultados, separando la clásica neurosis de angustia en ansiedad generalizada y ataque de pánico, esta última como categoría nosológica independiente.

En el momento en que el sujeto accede al pánico no dispone de ningún mecanismo defensivo que vele la angustia. Su inoperancia defensiva lo introduce en un verdadero estado discordante. No siempre estos episodios incluyen una repentina situación de peligro que active una respuesta total del organismo.

Puede ocurrir que el inicio de la crisis no se encuentre asociado a ningún motivo aparente. El miedo es intenso, a veces es desesperación.

En la hipótesis freudiana, la esencia del pánico es precisamente su falta de relación con la amenaza. El pánico no responde a la magnitud del peligro: a veces se desencadena por causas insignificantes, circunstancias que no justifican la explosión del miedo.

La angustia de pánico se caracteriza por la recurrencia espontánea de episodios de angustia extrema, en los cuales la vivencia dominante es la sensación de pérdida de control y catástrofe, acompañada de intensos síntomas neurovegetativos. La persona afectada, sin recursos para manejar racionalmente una situación amenazante, siente vivir una experiencia límite y traumática.

Las crisis suelen duran minutos y ocasionalmente horas, y luego tienden a repetirse o, a veces, a ceder gradualmente. Finalmente, los signos físicos (palpitaciones, dificultad respiratoria, sudor, vértigo) pueden pasar a primer plano, simulando una patología somática.

En general el paciente describe una experiencia aterradora, “la vivencia más cercana a sentir que uno va a morir”. La muerte está siempre presente en el pánico, la irrupción brutal del ataque se acompaña con la idea de la propia muerte. Así, muchos afectados, en su primer ataque, llaman al servicio de emergencias médicas, confundiendo los síntomas con un cuadro cardíaco. Luego se someten a estudios médicos exhaustivos para realizar un diagnostico diferencial.

El ataque puede sobrevenir en cualquier momento, y en cualquier lugar. Su presentación intempestiva hace que muchas veces las personas queden en estado de incapacidad, ya que se les hace muy difícil retomar sus actividades cotidianas.

Con el transcurrir de la enfermedad, la necesidad de evitación, por miedo a un próximo ataque, puede hacer que no vuelvan a manejar un vehículo o a salir, y esto se traduce en una disminución de la calidad de vida, y la pérdida progresiva de su lugar en los lazos sociales. Siempre la tendencia es encontrar una causa física para el mal, sin resignarse a admitir una dolencia subjetiva.

Asistimos a distintos sucesos de la época: inseguridad social, incertidumbre, robos, presiones de la vida moderna, inestabilidad económica, un contexto social que se descompone fácilmente, sensación de soledad. La experiencia de la angustia insiste y resiste en el sujeto de nuestro tiempo. Se vive en un estado de ansiedad generalizada, en alerta, bajo el eterno retorno de algo inquietante.

Pero en este estado de cosas no todos sucumben al pánico, y es por ello lícito considerar este fenómeno, sin precedentes en la vida de alguien, como un síntoma de la vida privada. Si bien las culturas producen sus síntomas, éstos se construyen de modo singular en los sujetos.

El encuentro con un psicoanalista indicará al sujeto no sólo un saber, sino una verdad sobre ese fenómeno disruptivo en ese momento de su vida. El sujeto que consulta por pánico generalmente se presenta afirmando: “No sé qué pasa conmigo, he perdido el dominio de mi cuerpo”. Una posición desde la que ignora la causa de su cuerpo endeble, le resulta inexplicable. Si demanda atención psicoanalítica constatará que esta práctica funciona para cambiar las condiciones del sufrimiento.

El tipo de escucha ubica al sujeto más cerca de su verdad, y es el recurso para enfrentar lo que no se sabe. Es el saber que se elabora en el análisis, y no el aprendizaje, lo que acompañará al sujeto a franquear el límite de la angustia. No hay un aprendizaje para extinguir el dolor. Las terapias modernas con ejercicios de relajación, programas de reducción de estrés y técnicas de autocontrol son tan prometedoras como ficticias.

Y para el tratamiento de este trauma no es suficiente extraer el estigma “ataque de pánico” de la lista de un catálogo -saber exterior al sujeto-, para inscribir a la persona en una tipología de un nomenclador de trastornos. El psicoanálisis tiene la posibilidad de entablar una relación verdadera con la dimensión de la angustia. Una angustia que se emite con fuerza, y no se puede aleccionar con ejercicios de adiestramiento, ni acallar con medicación.

Por ello es preciso situar esa experiencia de pánico en alguna parte y en un registro distinto del tratamiento farmacológico. La esperanza consiste en que el fármaco quiebre la relación entre el recuerdo doloroso y el pánico, adormeciendo la angustia. Pero la medicación es insuficiente para poner fin a la obsesión de la crisis tan temida, al anuncio acuciante de algo terrible y perentorio. Lo que necesita el paciente es ubicar en su historia de vida las razones subjetivas de aquella manifestación de angustia que apareció en primer plano.

El psicoanálisis puede hacer frente a la contingencia de la angustia; trata, en efecto, de desangustiar. Su respuesta, cuando fracasa la defensa -cuando el sujeto queda a la intemperie, inerme en una posición “sin recursos”, en desamparo subjetivo-, es ir a contrapelo de ese dolor subjetivo.

En un mundo de presiones, donde el orden social se construye en base a amenazas, esta patología se evidencia más que en otras épocas. Y es el psicoanálisis el que podría devolver la palabra al sujeto, acercarlo al núcleo de su mutismo, ya que es en ese silencio donde el pánico ha encontrado su existencia.