Un psicoanálisis: palabra y escritura

Más que nunca, en estos tiempos, estas jóvenes que vienen a nuestro encuentro pueden tener la opción de encontrar algo de otra estofa, sirviéndose de ese amor de transferencia… Imperfecto.

Portadoras de una dificultad con la propia palabra, en ese apocamiento para captar la sutileza de la palabra que llega desde el inconsciente, se nos impone el valor del diálogo/discurso analítico para que puedan llegar a asumir que hay un diálogo imposible, el de un sexo con el otro y que “el amor, es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe” . Un análisis no cura del malentendido estructural, pero el sujeto queda advertido al respecto.

El analista, como el escritor, invita a alguien a que lea, en este caso, las señales de su propio inconsciente; y a que se atreva a inventar/escribir alguna ficción, imperfecta. También (el analista) paga con sus palabras[14], que no son de amor, para conducir con su persona y su juicio, a quien viene a su encuentro, por el entramado de las palabras de donde surgen los significantes claves que cada quien ofrece al análisis.

Tal como ocurrió con M, logrando captar que el amor siempre es dis-capaz; o como en J, allí donde su palabra no fluye con facilidad y resultó propiciador dejar a la vista el libro con la frase “imperfección del amor” en su título; o en aquella otra donde la intervención desembocó en el efecto poético de lograr soltar la mano del padre (realmente muerto) para atreverse a tomar la mano de otro hombre.

Un psicoanálisis es palabra y es escritura

Escribir en un análisis permite, como en un texto literario, oponer “al desorden del mundo, la coherencia de un texto. Por ello aprecio la frase final de otra novela de Agus, La mujer en la luna: “No deje de imaginar. No está loca. Nunca más crea a quien le diga esta cosa injusta y malvada. Escriba”. Lo dice un hombre que está en la posición que conviene al analista.