La pluma de una mujer, la escritora genovesa Milena Agus, me abrió la puerta para escoger el sesgo de este trabajo. Me atraparon la intimidad del diálogo de sus personajes femeninos, de pensamientos sutiles y tortuosos, de emociones intensas y, fundamentalmente, el empleo de una prosa que conviene a lo femenino. Así, el título de una de sus novelas, La imperfección del amor, tiene la virtud de introducir con el prefijo “in” la referencia a una privación: en este caso, el amor privado de perfección. Su escritura no trata tanto de psicoanálisis ni palabras de amor sino que ilumina la esencia misma del amor.

Esto me condujo a pensar la naturaleza del amor de transferencia como igualmente imperfecto, invitándome a una reflexión sobre ciertas intervenciones en la clínica, sobre todo en el caso de muchas jóvenes mujeres de hoy, a quienes las palabras, las ficciones y los sueños (también los de amor) les resultan una experiencia ajena, cuando no inalcanzable.

 

Mujeres, despierten…

No podemos desconocer las vueltas que se le han dado, desde Freud, a la relación de las mujeres con el amor y a las consecuencias negativas de la promoción de los derechos de la mujer sobre la tarea de preservación de la sustancia del amor que se les adjudica. Hemos privilegiado la faceta de insistencia surgida de la condición estructural erotómana que toma el amor en la mujer, que exige que su pareja le hable y la ame.

Pero, ¿qué podemos decir de ellas y su palabra, antiguamente plagada de sutilezas y silencios, que hoy en día parecen no tener lugar ni vigencia?Resultado de la impronta contemporánea, con su efecto sobre “las posiciones femeninas del ser”, nos obliga a diferenciar lo femenino y el feminismo. Las mujeres hablan, toman cada día más la palabra en ámbitos diversos, pero vemos con frecuencia lo que se adormece en ellas: la posibilidad de hablar con las marcas fugaces, instantáneas de lo femenino en su palabra.

Así, la expresión de Miller “Sería preciso que las mujeres despertasen (…)” es una invocación que se dirige a lo femenino, no al feminismo.

 

Hombres, un esfuerzo más…

¿Y los hombres? Hoy en día escuchamos menos a las jóvenes quejarse porque ellos no les dirigen palabras de amor sino porque, en realidad, hablan y hablan pero sin consecuencias. En esa posición, no evocan ni al amante castrado ni al hombre sin ambages figuras que convienen a la demanda de amor femenina; son vistos por ellas como castrados (a secas) y sin posibilidades de arreglárselas con “la originalidad de la posición femenina” . Otro efecto de la “feminización del mundo”que se suma a la degradación de la impronta virtuosa del no-todo en la mujer, validando su aspecto superyoico, de capricho insensato.

El destino del amor está en problemas. Y aquí la pregunta por lo que un psicoanálisis puede ofrecer se vuelve oportuna y ética.

 

Beatriz Udenio

Revista Virtualia Nº23