“Si se puede simular el plus de goce, eso mantiene mucha gente entretenida”

Jacques Lacan

1- La disolución del Otro

La clínica psicoanalítica evidencia un deslizamiento que se corresponde con la realidad discursiva imperante. El rechazo de la castración inherente al discurso capitalista se hace sentir en una sintomatología propia de nuestra época. Sigmund Bauman utiliza la metáfora de la fluidez para plantear el final de la era de la modernidad sólida. La disolución, el derretimiento de los vínculos que ataban al sujeto al Otro, pasando a una modernidad líquida que ha impuesto cambios en la etapa actual de la era moderna. Pero el discurso capitalista no es nuevo, por eso Bauman se pregunta si acaso la modernidad no fue desde el principio un proceso de  licuefacción. Ese proceso es el que podemos encontrar en el movimiento circular que observamos en la formalización del discurso capitalista, ese movimiento que no encuentra una barrera al goce ni relación con la verdad y que lleva a lo que Jorge Alemán, ha caracterizado como el fantasma del capitalismo, haciendo surgir en lo real al objeto mismo, llevando precisamente a una relación entre el sujeto y el plus de goce que no pasa por la dialéctica de los vínculos sociales.

Si bien la conceptualización que realiza del deseo Bauman es cuestionable, la conclusión es válida: “Ahora le toca al deseo el turno de ser desechado”, en la carrera del consumo el anhelo lo ha reemplazado. El anhelo, del latín jadeante, es definido como la demencia del deseo, la consecuencia de la falta rechazada que vuelve desde lo real, pocas cosas como las drogas son capaces de procurar ese retorno.

Jacques-Alain Miller y Eric Laurent han caracterizado esta época como la de la inexistencia del Otro, señalando un pasaje de la época freudiana a la lacaniana, del Nombre del Padre (el significante de que el Otro existe) a la inexistencia del Otro, podríamos decir del reino del Nombre del Padre al reino del niño generalizado, donde el sujeto no se hace responsable de su goce. Se trata de un momento donde lo simbólico no está tan claramente diferenciado de lo imaginario, está sojuzgado por lo imaginario, consagrado incluso a la imaginario, por eso, más que en el malestar freudiano, nos encontramos en un callejón sin salida propio de ese registro.

Se ha hablado de las toxicomanías como un síntoma social, no es contradictorio con la tesis de la inexistencia del Otro, “ya que la inexistencia del Otro implica y explica la promoción del lazo social en el vacío que abre.” Es esa inexistencia lo que fija al sujeto en la caza del plus de gozar, donde las drogas pueden ser el instrumento utilizado.

La clínica con sujetos toxicómanos nos muestra, en ocasiones de manera desnuda, la incidencia de la instancia superyoica en el sujeto. Esa circularidad que mencionamos como propia del discurso capitalista tiene la misma estructura que el imperativo superyoico. Pero lógicamente también en este plano encontramos un deslizamiento. Mientras que el superyó freudiano, propio de ese reino del Nombre del Padre, nos mostraba sus embates en los deberes, las prohibiciones, las culpabilidades; el superyó lacaniano, el de nuestra cultura, correlativo de la inexistencia del Otro, muestra un imperativo que empuja como nunca al goce.

Ese cultivo puro de las pulsiones muerte, como lo definió Freud, ha dado su cosecha. Miller se refiere a una “prevalencia del plus de goce por sobre el ideal”. Al no haber un ideal que regule la relación entre el sujeto y el plus de goce, hay puro imperativo de goce. “Lo que llamamos discurso capitalista es sin duda, una forma del discurso del amo, pero no es capaz de refrenar al superyó. Impera más bien, al servicio del superyó.No hay imposibilidad alguna que limite dicha relación. Si bien el capitalismo no inventa la relación del sujeto con el objeto como plus de goce, ya que esto es algo que está inscripto en el inconsciente; no se encuentra regulada la metonimia del objeto, y la pérdida del valor de uso del mismo, que es estructural, está llevada al máximo. El mercado capitalista pone en juego un imperativo que empuja un goce homogéneo: ¡Todos consumidores!

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2- Del ritual al síntoma autista

Más allá de las diferencias que se juegan entre cada sustancia consumida y en el efecto producido en cada sujeto, podemos verificar que hay diferencias entre el uso anterior y el contemporáneo de los tóxicos. Esto guarda relación con lo planteado. El superyó de otras épocas era más proclive a los rituales, a una organización simbólica que no es inherente a la subjetividad contemporánea. Los estudios dedicados a las historias de las drogas nos muestran cómo cada sustancia tenía su ritual, el consumo de tóxicos estaba normativizado, en ocasiones sacralizado con fines medicinales, religiosos, festivos o meramente lúdicos. En la antigüedad el consumo se vinculaba a actos y manifestaciones de fe de un culto mágico.

Los rituales tenían como función neutralizar la amenaza que implicaban los efectos del tóxico en el sujeto. Entrar en una taberna incluso implicaba hacerlo en una universo simbólico, con códigos perfectamente establecidos. El ritual más antiguo de la bebida era el brindis, pero en la Inglaterra del siglo XI había formulas fijas para poder brindar. Con otros estimulantes como el café, el rapé o el té, no se brindaba, pero había rituales, lo mismo que para el consumo de tabaco. Incluso en este consumo se verifica la promoción de lo imaginario. Schivelbusch considera al cigarrillo como el paradigma del discurso capitalista, la publicidad inunda de imágenes que dejan de lado el goce deparado por el producto, y que se adecua a la rapidez y fugacidad propias de la vida moderna.

Más allá del tipo de droga el sujeto se encuentra unificado por un modo de goce sin fracturas que pretende objetivizarse en un goce que no incluya la castración, donde el aburrimiento puede reinar, y las sustancias tóxicas dibujarse como una salida posible, en el otro extremo nos encontramos con un empuje a la manía, donde los tóxicos nuevamente encuentran una utilidad. El consumo de sustancias tóxicas en la actualidad pone en juego una “dimensión autista del síntoma” , donde en el goce no está presente el Otro, por eso el goce toxicómano resulta emblemático del autismo del goce contemporáneo.

Si bien, en cierto sentido, el cuerpo mismo es el Otro, el estatuto del cuerpo también ha sufrido los embates del narcisismo. Gilles Lipovetsky da cuenta de esta mutación en la era del vacío: “el cuerpo ha perdido su estatuto de alteridad” .

3- El cinismo vulgar capitalista

Desde hace años, en lo que concierne al goce en juego, tenemos la referencia permanente a los planteos con relación al cinismo del goce, el rechazo del Otro y la solución que la droga le prodigaba a los problemas suscitados por la función fálica. Nos preguntamos si ese cinismo que era una respuesta al amo antiguo adquiría particularidades propias que son la consecuencia lógica de esa perversión del discurso amo que es el discurso capitalista. El último curso dictado por Foucault, en 1983, nos muestra a los cínicos muy alejados del toxicómano. La parhrèsía cínica procura una relación más que interesante con la verdad, buscando desbaratar los significantes amos, lanzando certeras estocadas al narcisismo; incluso en el renombrado encuentro entre Diógenes y Alejandro, estamos en una dialéctica, que si seguimos en todo su curso, más que rechazar al Otro llevaba a subvertir su lugar como amo de la verdad.

Michel Onfray nos brinda un retrato de estos filósofos que lo acercan más a un analizante, por su utilización del discurso histérico, o al analista, por el empleo de equívocos significantes, que a un toxicómano. Quizás el punto de aproximación máximo se da cuando se tornaban cínicos con relación a su propia muerte. Sin embargo, en el apéndice del libro de Onfray donde nos habla del cinismo vulgar encontramos un retrato que se acerca a la posición del toxicómano; la fórmula según la cual el fin justifica los medios resultaría central en esta posición.

El cinismo vulgar estaría presente en todos los estratos de la vida social; habría un cinismo religioso, político, clerical, militar, revolucionario; pero el que nos interesa es el cinismo capitalista. Marx había planteado como las maquinarias son aceitadas por la vida humana al precio de la salud psíquica y la integridad corporal. En nuestros términos podemos decir que el combustible es el sujeto.

Esto se encuentra en la línea de lo planteado por Ernesto Sinatra al postular un estrago generalizado, cuando nos dice que el objeto de consumo es el sujeto mismo; o la metáfora de Baudelaire cuando planteaba que el sujeto no fuma a la pipa sino que es fumado por la misma. El sujeto se esfuma, como el humo de un cigarrillo.

Peter Sloterdijk en Crítica de la razón cínica plantea que en la actualidad el modo de funcionamiento dominante de la ideología es cínico. Este cinismo hace que si bien el sujeto está al tanto de la distancia que existe entre la máscara ideológica y la realidad social, insista en la máscara. La razón cínica ha perdido la ingenuidad, se está al tanto de la falsedad pero no se renuncia a  ella, es la paradoja de una falsa conciencia ilustrada. Por eso Slavoj Zizek  afirma que “este cinismo no es una posición directa de inmoralidad, es antes bien la moralidad puesta al servicio de la inmoralidad”, este cinismo sería una especie de “negación de la negación”.

Marx, en El Capital definía la ideología como “ellos no lo saben, pero lo hacen”, la fórmula propuesta por Sloterdijk para este cinismo moderno es: “ellos saben muy bien que lo hacen, pero aún así, lo hacen”. Hace algunos años un adicto planteaba lo excitante que le resultaba subirse a un viaje de ida; el año pasado otro respondía a un anuncio que había aparecido en los diarios mostrando las ganancias obtenidas por un sujeto a raíz de la venta de drogas con agradecimiento por haberle sugerido que se transformara en un dealer. Contra esta posición cínica chocan inutilmente las campañas que pretenden ser preventivas contra del uso de drogas.

4- El psicoanálisis aplicado: la salida del discurso capitalista

Más allá del uso de drogas, como lo recuerda Mauricio Tarrab, “se podría decir que hay algo tóxico en el goce mismo” , particularmente si la sintomatología se nos presenta en esa dimensión autista, que hace que sea contraria a la posibilidad de prestarse a la transferencia. Es necesario por lo tanto una operación, opuesta a lo que ha sido definida como la operación toxicómana: “forzar el síntoma en su estatuto autista, forzarlo a reconocerse como significado del Otro” .

Llevarlo al sujeto a enfrentarse con lo que no anda, para reintroducir una alteridad, atentando contra la homogeneización del goce al que empuja el “Todos Consumidores”, que borra las diferencias sexuales. El psicoanálisis, por el contrario, lo lleva al sujeto a confrontarse precisamente con esa diferencia. Si cumple su cometido, logra hacer que trastabille el intento de quien consume de borrar la existencia del inconsciente . Entonces el deseo, que si bien es indestructible no por eso imposible de aplastar, puede recobrar su estatuto nómade.

Por 1972 Lacan nos dice que la crisis del discurso capitalista, sustituto del discurso amo, está abierta; estamos llamados a profundizar esa apertura que es congruente con la del inconsciente. No se trata de que el discurso capitalista sea débil, por el contrario, es locamente astuto; sólo que está destinado a reventar, es insostenible y marcha velozmente a su consumación, está destinado a consumir al sujeto, quien antes de extinguirse, puede en el mejor de los casos tener una señal de alerta.

En Televisión la salida del discurso capitalista está planteada directamente con relación al psicoanálisis, a una posición que guarda articulación con lo que se llama “ser un santo”. Para captar dicha posición nos remite a Baltasar Gracián, este es el único punto en el que nos alejamos de Michel Onfray, que sitúa al jesuita como un cínico vulgar, sin entender el tratamiento que hace de la verdad y que por lo contrario lo acerca al psicoanálisis, ya que, lejos de elogiar el engaño, la falsedad o la hipocresía, como lo supone Onfray, simplemente plantea que a la verdad sólo se la puede medio decir, ni de cualquier forma, ni en todo momento, ni a todos .

En la lógica del “Todo Consumidores” el analista no entra, es esto lo que permite una salida; lo que ocurre es que el analista no goza, y cuando quiere hacerlo no obra como analista. Lacan nos plantea que la salida es para algunos, precisamente porque no hacemos de ella un ideal, no pretendemos cambiar una homogeneidad por otra. La posición que cuenta para propiciar una salida es permitirle al sujeto del inconsciente tomarlo por causa de su deseo.

La salida implica, como ya lo anticipó Lacan [23] , que la castración haga su entrada abrupta bajo la forma del discurso analítico.

Redactor: Luis Darío Salamone.

Integrantes del grupo: Alejandra Lubel, Bernarda Antoniassi, Carlos Da Costa, Carolina Jankowski, Cecilia Rubinetti, Daniel Peña, Diego Golstein, Elba Rossi, Esteban Engel, Esteban Klainer, Florencia Natale, Graciela Iervasi, Ivana Dukart, José María Fernandez, Marcelo Salvai, María Eugenia Fernandez Vilella, Miriam País, Mónica Cardia, Mónica Grossman, Nicolás Bousoño, Sara Rubín, Jazmín Torregiani, Silvia Vetrano, Valeria Anellini, Viviana Carew.