“… bajo el nombre de estilo,

se forma un lenguaje autárquico

que se hunde en la mitología personal

y secreta del autor.” Roland Barthes

 

Desde los inicios de la humanidad y durante milenios, la escritura representó una manera de conocer al hombre y la posibilidad de conectarse con otros, creando un lazo social que permite la transmisión de afectos, de pensamientos, de conocimientos, etc. La escritura implica un enmarañado de valores estéticos, lingüísticos, sociales, metafísicos; es al mismo tiempo un modo de comunicación y una forma de expresión, un ejercicio significante de enunciación en el cual el sujeto se ubica de manera particular.

La escritura es el nexo entre la concepción individual del mundo y el mundo. “…históricamente es una actividad articulada sobre una postulación doble: por una parte, es un objeto estrictamente mercantil, un instrumento de poder y de discriminación, una expresión de la más cruda realidad social; y por la otra, un medio de goce, ligado a las pulsiones más profundas del cuerpo y a las manifestaciones más sutiles y más afortunadas del arte”[1].

Hay en la escritura un interjuego entre lo subjetivo y lo social. La escritura es la relación entre la creación personal y la sociedad. Relación de coherencia en tanto la escritura puede desarrollarse respetando y engañando a la vez las convenciones sociales. Tomando nuevamente a Roland Barthes, “son los niveles de cultura, y por ende las distinciones sociales, los que se evidencian por la escritura, no del individuo sino del grupo al cual cada uno pertenece”[2].

La escritura es la expresión de una identidad, representada con la firma y con las distintas formas de escrituras existentes (primitivas, vulgares, refinadas, etc.), y evidencia el estilo inseparable del individuo. El estilo nace del cuerpo y de la historia personal del escritor. No es la consecuencia de una elección, sino lo que se despliega como fuera de toda conciencia, de toda responsabilidad del autor.

“Una escritura no tiene necesidad de ser legible para ser una escritura con pleno derecho. Para entender el texto es suficiente descubrir el corte vertiginoso que permite a quien escribe constituirse, estructurarse y manifestarse sin el apoyo de un significado”. Por medio de la escritura hay una inscripción del sujeto, un compromiso, destinado a superar el tiempo, el olvido, el error, la mentira.

La escritura introduce algo del orden del deseo en la comunicación, porque está implicado el cuerpo mismo. Es decir, que en las experiencias de la “inscripción” pura es el cuerpo el que está comprometido, a veces obligado, a veces gratificado. Se trata de dividir, de rayar, de triturar una materia plana, ya sea papel, cuero, tableta de arcilla, muro. Más allá del sentido, la esencia de la escritura se relaciona con la producción misma, el agrietamiento.

La escritura-lectura se expande al infinito, compromete a todo el hombre, su cuerpo y su historia.

Ya en Freud se puede encontrar el valor de la escritura como expresión del deseo del sujeto, en tanto refiere que los deslices de la misma ponen de manifiesto a aquellos impulsos que deben ser relegados, escondidos a la conciencia, o que directamente provienen de las mismas mociones de deseo y complejos reprimidos. Por intermedio de los deslices en la escritura, según Freud, el hombre deja traslucir sus más íntimos secretos. Estaríamos hablando así de los deslices como formación del inconsciente.

Pero por otro lado, podríamos tomar los deslices como lo que se desliza en el texto sin el consentimiento del autor: su estilo, marca registrada de su singularidad, su modo particular de goce, de aprehensión de lo real. En el discurrir de las palabras algo del deseo se pone en juego, y en la impronta personal, en el estilo del autor, el goce. Articulación entre el deseo y el goce que la escritura misma permite soslayar.

Hay en la escritura, como acto íntimo de emergencia del sujeto, la insistencia de un saber que se reproduce más allá de la voluntad del autor: su verdad. Es sobre esta vía en donde se propone la construcción de un discurso singular sobre la experiencia del deseo humano, en tanto sujeto implicado en sus palabras. Es una apuesta al valor de la palabra en el relato del sujeto y en el relato del texto (el ser hablante se revela sujeto al significante en las diversas producciones escriturarias), en el entrecruzamiento entre la palabra propia y la palabra en su dimensión de marca, de escritura. Relato del autor que posibilita circunscribir, en el acto mismo de la escritura, algo del orden de lo inefable.

 

Taller de Escritura con sujetos psicóticos

Apostamos a la propuesta de escribir con pacientes psicóticos, en tanto algo de esta escritura haga marca. Marca que constituye al sujeto mismo, en tanto representación de sí mismo, que lo nombra “el analista sociológico”, “el comentarista literario”, “el deportista”, etc. Nombre que funciona como sostén y suplencia de la falta del nombre principal, que es el Nombre del Padre.

Es necesario, como dice C. Soler[3], “marcar la frontera entre […] el psicótico mártir del inconsciente […] y el psicótico eventualmente trabajador”. Es decir que es fundamental poner a trabajar la psicosis mediante la construcción de un objeto, escrito en este caso, que identifique a su autor y lo nombre. “Así como el neurótico habla de sus fantasmas, el psicótico trabaja lo real[4]. En el Taller de Escritura cada sujeto encuentra la posibilidad de “trabajar lo real” a través de la construcción de un escrito. Escrito que llega a sostener toda una serie de imágenes que se asocian con el sujeto productor y que dan una consistencia imaginaria en donde falla lo simbólico.

De esta forma es visible que el objetivo del taller no es ocupar los ratos libres, ni el buen pasar del paciente, repitiendo entonces el lugar de objetos al cual se trata de mantener entretenido, sino crear formas propias de funcionamiento, ocupando distintas posiciones o roles en el grupo y permitir para aquellos pacientes con carencias en la socialización un estímulo positivo en función de un reconocimiento posible. No es nuestra función corregir los escritos, ni enseñar a escribir mejor, sino permitir que el “estilo” del paciente se plasme y permita la creación de un sujeto.

Estilo que apresa al goce, acotando la proliferación de los fenómenos elementales, y que posibilita la emergencia de lo propiamente singular.

La apuesta, entonces, es que el sujeto produzca “algo propio”, y así, “se” produzca, en la construcción de un “nombre” que, además, favorezca un lazo social (con la comunidad, la familia y/o lo laboral). El sujeto intenta simbolizar su propio lenguaje a través de la escritura.

 

En el Taller de Escritura de la institución a la que pertenezco se intenta que el sujeto-participante se encuentre con un tema de interés particular, que lo convoque a escribir; el que podrá referirse a vivencias propias, a investigaciones realizadas, a la historia del país, al deporte, a la literatura, etc. Pero siempre reflejará la posición subjetiva de su autor (por la forma, el contenido o por la reacción frente a lo escrito).

Esta escritura queda plasmada en una Revista Anual, la cual circula por la comunidad a partir de la Feria Artesanal en donde se presenta. Y de esta forma, se intenta reconstruir el lazo social dañado.

Leticia S. Pérez

(Texto publicado en el sitio ElSigma.com)

 

Bibliografía consultada

* Colette Soler. El inconciente a cielo abierto de la psicosis. JVE ediciones

* Colette Soler. Estudios sobre las psicosis. Editorial Manantial

* Jacques Lacan. Seminario 9 “La identificación”. Clase 6 del 20 de Diciembre de 1961.

* Riccardo Campa. La escritura y la etimología del mundo. Con un ensayo de Roland Barthes. Editorial Sudamericana

* Sigmund Freud. Obras Completas. Cinco conferencias sobre psicoanálisis. Tomo XI. Amorrortu editores

* Varios autores. Los Bordes en la Clínica. JVE ediciones

 

Notas

[1] Roland Barthes. “Variaciones sobre la escritura” en La escritura y la etimología del mundo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1989. Pág. 12

[2] Idem. Pág. 24

[3] C. Soler. El trabajo de la psicosis en Estudios sobre las psicosis. Edit Manantial, Pág. 16

[4] Ernesto Pérez. Los cuatro discursos y Hospital de Día en Los Bordes en la Clínica. JVE ediciones. Pág. 132