La globalización que se expande por todos los países de occidente, trae aparejado la tendencia a la uniformidad de odas las culturas, y lo que el mercado pretende es conseguir el mayor consumo posible de los objetos que fabrica. Los sujetos de esta época se ven obligados a ubicarse en dos lugares: o los que pueden consumir y cada vez quieren consumir más o los que quedan fuera del sistema de consumo por su restricción económica, los segregados.

Entonces, los que están dentro del sistema del consumismo se encuentran con los objetos del mercado, ya sean el auto más nuevo, el último celular, las vacaciones más lujosas, etc. el deseo de tener cada vez más objetos fabricados y cambiarlos por los más novedosos una vez apagado su brillo, (es decir siempre tener el último modelo de objeto comprable, porque el anterior ya está fuera de moda) distorsiona la brújula de orientación para los jefes de cada familia. Este fenómeno, impacta al sistema familiar.

Encontramos cotidianamente en nuestra práctica con niños las consecuencias del estallido del matrimonio y de la dispersión de la familia. Los efectos de la separación de los padres, la violencia familiar, la precariedad laboral, las exigencias del mercado, las demandas de las escuelas, las familias mono y homo parentales, etc. producen en el padre, la madre o en ambos desconcierto, confusión, hasta sorpresa y desorientación.

Podemos ver y escuchar ese impacto en padres que no se animan a retar y poner normas a sus hijos. Padres que temen frustrarlos si no les compran el último juguete y así crearles un trauma de por vida. Niños caprichosos, déspotas, niños que no encuentran un límite a su cuerpo, porque los adultos no han sabido frenarlos y que por tanto llenan los gabinetes psicopedagógicos de las escuelas con sus síndromes de hiperactividad y déficit atencional, o del otro lado de la moneda del consumo niños que son el desecho del sistema y que fuman pasta base para no sentir el hambre, el miedo y el abandono.

La familia, en la manera en que se pueda armar, es la que permite organizar un orden en la vida de un niño que va más allá de la mera satisfacción de las necesidades básicas. El capitalismo ha borrado el deseo de los padres poniendo a la luz que la ley que manda es una ley de hierro, para todos igual, que hace prevalecer el objeto como objeto de mercado, como objeto de consumo.

En este punto encontramos la angustia de los padres mirando impotentes la demanda exagerada de sus hijos, interpretando esa demanda en una equivalencia entre el no tener y el no ser, que concluye en la adquisición de mas objetos del mercado que lejos de calmar al niño relanza el problema un poco más adelante. El reforzamiento del pedido del niño ocurre por la ausencia de la palabra del Otro que podría poner un límite a ese infinito del pedir cada vez más y más, pacificando y orientando a ese niño.

La presencia de esa palabra del Otro no se trata de hablarles más a los niños, ellos están cansados de escuchar a padres, maestros y adultos que los colman con infinitas explicaciones, argumentaciones, esclarecimientos, quedando su autoridad de adultos más impotente que antes de la explicación. Tampoco se trata de la nostalgia de la familia antigua, ya que desde siempre existe la falla en la función paterna. Sí se trataría de la transmisión que puede hacer un padre de su posición respecto de tomar a una mujer, a su mujer, como causa de su deseo y no perderse él mismo en los objetos brillantes que ofrece la época, por el lado de la madre, también ella consentir a ocupar ese lugar de mujer en el deseo de su pareja.

Carolina Vignoli
Psicóloga Clínica